Libros, lecturas y publicaciones
Por Elsa Lever M.
Periodista con Maestría en Comunicación por la FCPyS de la UNAM, diplomada en Género por el PUEG de la UNAM, y en Feminismo por el CEIICH de la UNAM.
Como bien lo explica en la introducción el autor del libro, F. Javier González Martín, El fin del mito masculino no tiene como intención "ofrecer una relación de los problemas que afligen a la mujer", sino dirigir la atención a las causas que los originan y, por supuesto, proponer revisiones y cambios.
En poco más de 280 páginas se da a la tarea de demostrar la importancia de "permitir la intervención de la mujer al 50 por ciento en todos los asuntos (...); cambiar el modelo de enfrentamiento que impregna todas las actividades políticas y sociales" y "poner en marcha un nuevo sistema educativo".
Dividido en cinco capítulos, escritos con gran claridad y fluidez, el autor nos adentra a temas vitales si se trata de comprender las causas, tales como la manipulación en los medios de comunicación, en los partidos políticos, en la publicidad y en la religión; el concepto de poder, los sistemas de adversarios y el político; mujeres empresarias y empresas dirigidas por mujeres; la maternidad, la educación de las niñas, la ciencia en manos femeninas y sistemas para la paz; la violencia y las guerras, la pobreza y el desarrollo sustentable, entre muchos otros.
"Tras haber experimentado y padecido --dice-- las consecuencias de una gestión y dirección masculina de los asuntos de este planeta, ha llegado la hora de mirar con otros ojos a nuestro alrededor. Es la hora de crear un nuevo paradigma".
Aun cuando a ratos tiene un tono conservador y esencialista, sobre todo cuando se trata de los temas del aborto y el feminismo, su estilo es el de la honestidad de las ideas y la obra es en sí una gran propuesta para "re-pensar nuestras vidas" y "des-aprender ciertas creencias" que nos han mantenido en una sociedad inequitativa y estancada en sus derechos humanos.
Desactivar los prejuicios es base elemental para el avance. No es inteligente ni justo, explica el autor, continuar con estos prejuicios, supersticiones, creencias absurdas, mitos sobre el hombre y dogmas en torno de la mujer. "Cuando deseamos cambiar lo visible, hay que empezar por cambiar lo invisible".
Con reflexiones y comentarios que reflejan una gran cultura general y experiencias, así como una fuerte crítica al mal trabajo y poca ética de medios de comunicación, de los representantes políticos y de los publicistas, González Martín nos lleva de la mano a una lectura que invita al debate, a la propuesta de opciones y búsqueda de soluciones justas.
Medios, publicidad y política
Por Josefina Hernández Téllez
Periodista, investigadora en estudios de género, profesora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH)y la UNAM, y responsable del grupo de investigación de Género y Comunicación de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC).
Una de las realidades de la vida actual y, sobre todo del periodismo actual, es que los medios, como nunca antes se había visto, amplifican, redimensionan y reconstruyen las visiones de nuestro mundo cotidiano.
Lo que no sale en la televisión no existe, lo que no se publica no pasa a la historia, lo que no se divulga a través de los medios en general pasa desapercibido y está condenado no sólo al anonimato, sino a la no existencia.
Hoy vivimos en un sobredimensionamiento de la información. En esta realidad las mujeres gozamos y padecemos estas máximas, porque se nos mira, se nos incorpora y se nos permite ser actoras, no en relación a la oportunidad de este siglo XXI, sino en relación al lugar que ocupamos todavía dentro del pensamiento, de la ideología y del imaginario colectivo:
¿Como protagonistas y sujetos de la vida cotidiana y moderna?
Sí, innegable, pero hoy, todavía y sobre todo, como objetos.
De esta situación se nutre y vive la publicidad: juega con la modernidad alcanzada por las mujeres pero recicla los papeles más convencionales de la mujer vista desde el cuerpo y el ámbito privado.
Hoy más que nunca los medios publicitarios reciclan espacios y lugares comunes para la mujer, que se creían superados, en aras del mercado. Queda desentrañar estos mensajes y evidenciar los pasos dados atrás por la conciencia colectiva en relación al papel y lugar de las mujeres en la sociedad.
Desde esta realidad nos es común y naturalizado ver cómo los productos de alimentos, limpieza y belleza están dirigidos a las mujeres de hoy que trabajan pero que necesitan optimizar el tiempo y recursos para seguir atendiendo “las labores propias de su sexo y el hogar”: la cocina, la alimentación de la familia, el aseo, la salud y, por supuesto, su apariencia de mujer de su tiempo: atractiva o al menos presentable a los ojos de los demás.
Las preguntas y reflexión obligada a esta situación son:
• ¿Qué tan real es la emancipación y participación de las mujeres en la sociedad?
• ¿De verdad vivimos hoy información amplia, plural e incluyente?
• ¿No vivimos una ficción o espejismo del discurso triunfalista de la posmodernidad?
Desde hace dos décadas, aproximadamente, las mujeres se han posicionado en todos los ámbitos. El discurso oficial y el colectivo imaginario afirman que ya estamos al nivel de los hombres, es más, que con creces los superamos. Ya no hay obstáculos, ya no hay discriminación, casi tocamos el cielo: las mujeres estamos por todos lados.
Somos el 51% de la población y 52% del padrón electoral; contribuimos en un 33% en la actividad económica; 4 millones de hogares son dirigidos por una jefa de familia, y si el trabajo doméstico se contabilizara, sostenemos 40% del PIB.
No obstante esta realidad positiva, en el análisis es contundente que esta visibilización de las mujeres se debe a la lucha por la sobrevivencia y a las innegables, pero insuficientes, oportunidades en educación, pero lo que se olvida u obvia es que la ansiada igualdad de condiciones entre hombres y mujeres sigue siendo una quimera, porque la mitad de la población en su mayoría sigue estando en la cola de las prioridades nacionales: háblese de educación, de salud, de trabajo o seguridad en general. En suma, lejos de la equidad.
Las mujeres somos hoy botín político y nicho de mercado
Del ámbito privado al ámbito público las mujeres son usadas. No importa que seamos poco más de la mitad de la población y del padrón electoral, hoy no alcanzamos una representación equilibrada: de 2000 a 2005, disminuyó en 10.5 por ciento la participación femenina en puestos medios y altos dentro del gobierno federal.
En el mismo periodo, la presencia de las mujeres en la Cámara de Diputados fue de 22.6 por ciento y 18.8 en el Senado. Lo que se contrapone a la recomendación de la ONU respecto de la participación femenina en los congresos, que debe ser por lo menos en un 30 por ciento.
Cifras irrefutables que reflejan la contundencia de la inequidad y que en estas recientes elecciones las cifras no se modificarán de manera importante o significativa y de hacerlo estaremos frente al fenómeno reciente del uso de los partidos de las candidaturas femeninas como estrategia para ganar votos, es decir, de nuevo seremos objeto de los intereses del poder.
Respecto de los medios, éstos siguen favoreciendo la discriminación y la explotación de las mujeres como parte de una cultura machista, lo cual se comprueba a través de los contenidos de telenovelas que naturalizan la violencia contra las mujeres, promueven estereotipos sobre el deber ser y hacer de las mujeres y usan las necesidades de la vida moderna para vender y refrendar la doble y triple jornada femenina.
Por eso no basta que unas cuantas mujeres lleguen y se apoderen de frases y consignas, como por ejemplo, del empoderamiento femenino, o mejor dicho, del reconocimiento explícito, claro y contundente de que las mujeres pretenden ejercer el poder público y ya no ser una gran mujer detrás de un gran hombre, porque la participación y presentación de las mujeres en los medios es preferentemente como mercancía de consumo sexual y hoy como nicho de mercado en tanto ya tienen poder adquisitivo, pero desde los espacios de ama de casa o mujer “adorno”.
Esta paradójica realidad se confirmó en el Reporte de Competitividad 2007-2008 del Foro Económico Mundial que estableció que México mantiene en la desigualdad a la mitad de su población y comparte las últimas posiciones con naciones donde por educación, tradición o cultura, la mujer ocupa una posición marginal, como la India, los Emiratos Árabes, Paquistán, Turquía, Marruecos, Egipto y Arabia Saudita. Situación que le resta competitividad y le ha hecho retroceder diez lugares la igualdad de género, por debajo de economías como Colombia, Argentina, Venezuela, China, Brasil y Chile. De sujetos a objetos en todos los rubros, así las cosas…
Por Guadalupe López García
Periodista con Especialización en Estudios de la Mujer por el PIEM de El Colegio de México, se ha desempeñado como guionista y productora de radio; colaboradora, editora y coordinadora editorial en diversos medios como el IMER y la SEP, La Jornada, El Día, Uno más uno, Fem y Notimex. Fue jefa del Área de Construcción de Cultura Ciudadana del Centro Integral de Apoyo a la Mujer “Esperanza Brito de Martí” en Venustiano Carranza (ahora Unidad Delegacional Inmujeres-DF y coordinadora de la Unidad Delegacional de Iztacalco del Instituto de las Mujeres del D.F. (Inmujeres-DF), hasta este año. Ha recibido reconocimientos a su labor periodística y en defensa de los derechos de las mujeres por parte de la AMMPE, Conmujer, Cimac y la delegacion Iztacalco del DF.
…Y los trastes, el baño, la estufa, las cobijas… ¿Quién crees que limpia la cocina? ¿Quién crees que trapea, plancha, cocina, decora, talla, tiende, sacude y pule? ¿Quién la hace de enfermera, psicóloga, trabajadora social, administradora y economista?
Son las amas de casa, trabajadoras remuneradas, profesionistas, desempleadas, obreras, campesinas, indígenas, periodistas, blogueras, científicas, bueno, hasta feministas, emos y darketas.
Podríamos decir que las mujeres de clases con poder económico se salvan de estar fregando el piso, acarrear el agua, recolectar leña o hacer tortillas; pero de todos modos administran las labores. Pueden tener un séquito de trabajadoras, nanas, cocineras, jardineros y demás, pero ellas deciden qué hacer y cómo hacerlo.
Funcionarias de alto rango compaginan sus actividades con las llamadas telefónicas de sus trabajadoras para indicar qué hacer de comer o qué lavar. Las profesionistas o investigadoras de escasos recursos, con hijas e hijos, sin marido o con él, o quienes utilizan la computadora para trabajar, dejan el teclado constantemente para mover los frijoles o tirar la basura. Bueno, eso me han contado. Claro, insisto, depende de la clase social, la edad o la raza, pero el trabajo está ahí y nunca se acaba.
El 22 de julio se conmemora el Día Internacional por la Revaloración del Trabajo Doméstico. Es una fecha poco conocida, aunque varias dependencias de gobierno ya la retoman para realizar foros o mesas redondas en las que se menciona, por ejemplo, que esa actividad genera una doble jornada para las mujeres que contribuye a la economía, que debería pagarse (o cobrarse). Incluso organizaciones no gubernamentales han convocado a una huelga de brazos caídos.
Curiosamente, muchos grupos poblacionales, aunque se benefician de él, no les llama la atención ese tema. Más bien como que piensan que es sólo asunto de las “amas de casa”. Parece un desperdicio dedicar tiempo a algo tan insignificante cuando hay otros problemas nacionales más trascendentes.
No quiere decir que los hombres no participen en el trabajo doméstico. Ya hay amos de casa, pero muchos de ellos lo son porque no les quedaba de otra. Quizá se quedaron sin chamba, o su madre los pone a tender la cama y lavar sus calzones, o porque alguien los presionó para, al menos, servirse la comida.
Los discursos oficialistas exaltan la labor de las mujeres y muchas se autoalaban al afirmar que tenemos la capacidad de hacer tres o más cosas a la vez, “virtud” de la que carecen los hombres. Incluso, la ciencia (vayan ustedes a saber qué “ciencia”) ha comprobado que las mujeres somos más hábiles en muchas cosas.
También hay mujeres que presumen que sus parejas son unos hombres acomedidos pues las “ayudan” en todo. Pues sí, es una ayudadita o ayudadota, pero sólo como un favor.
No dudo de que existan hombres que adquirieron conciencia feminista y se relacionan de otra forma con el trabajo doméstico, pero se enfrentan a las críticas sociales, de los amigos o de otras mujeres como la suegra o la cuñada: son "mandilones".
Hace unos meses, en internet hablaron de los esposos "mandilones". Entre ellos mencionaron a los actores Will Smith, Ashton Kutcher y Brad Pitt; a Vicente Fox, al príncipe Carlos, de Inglaterra, y al roquero mexicano Alex Lora. Qué mejor propaganda para no participar equitativamente en la casa.
Y es que bajo un falso discurso del reconocimiento de las mujeres, hay un gran desprecio hacia la labor doméstica. La prueba más contundente fue la frase del ex presidente Vicente Fox Quezada: las mujeres somos “lavadoras de dos patas”.
Por otro lado, hay un discurso falso de que las cosas ya cambiaron. Ya no se habla de mujeres abnegadas y sufridas. No, ahora somos modernas. Entonces, ¿por qué los anuncios publicitarios destinados a las mujeres se siguen relacionando con los quehaceres de la casa y el cuidado de los hijos e hijas?
Hay uno que llamó poderosamente mi atención y que es de una empresa de teléfonos celulares que colocó un espectacular en la esquina de Calzada de la Viga y Viaducto Piedad, en el Distrito Federal. Se muestra a una mujer joven que podríamos considerar “moderna” haciendo una llamada a una niña, y el mensaje: “Hacer la tarea con tu hija donde quiera que estés ¿por qué no?”.
O sea, las nuevas tecnologías al servicio del ama de casa. El cuidado de las hijas e hijos a larga distancia.
¡Carajo! Y luego las y los periodistas que cuando entrevistan a una mujer famosa siempre incluyen la pregunta "¿cómo le hacen para compaginar el trabajo de casa, el cuidado de los hijos o hijas y su labor profesional?", ya sea como científicas, escritoras, cantantes, etc.
Hace unos días, el periódico La Jornada (30 junio, 2009) informaba de la próxima pelea de box entre Ana Arrazola y Yesenia Martínez. El reportero Jorge Sepúlveda escribió: “Las dos púgiles deben hallar diariamente un espacio a lo largo del día para resolver los quehaceres en el hogar, atender a sus hijos (tres de Ana y dos de Yesenia) y darse tiempo para entrenar (…) al agradecer a sus parejas su ayuda, sin la cual no podrían atender todas sus labores” (pag. 14a).
Imagínense a la nueva campeona de peso paja lavando trastes. Si el marido ayuda, entonces, ¿por qué no preguntarle a él cómo compagina su actividad profesional o laboral con los quehaceres de la casa?
Ni más, ni menos, como en la pelicula Destino Final: En la que unos jovenes se salvan de morir en un accidente aereo, y luego los que se salvaron empiezan a morir por que ya estaba escrito en su destino, asi mismo le paso a esta Señora. Una mujer italiana que perdió el vuelo de Air [...]...
Libros, lecturas y publicaciones
Por Elsa Lever M.
Periodista con Maestría en Comunicación por la FCPyS de la UNAM, diplomada en Género por el PUEG de la UNAM, y en Feminismo por el CEIICH de la UNAM.
La obra de Ana Rubio Castro Feminismo y ciudadanía (edición del Instituto Andaluz de la Mujer, Sevilla 1997) es una de las lecturas más clarificantes que he leído respecto no sólo al feminismo de la diferencia, sino a los conceptos propios de igualdad y ciudadanía.
Articulado desde un enfoque antropológico, es decir, aquel que permitió a la autora acercarse a las personas, los sentimientos y las experiencias sin perder por ello el rigor científico, Feminismo y ciudadanía aborda diversos conceptos clave para posicionarse frente a la concepción mitificada de la igualdad.
La principal crítica que se hace al concepto de igualdad está dirigida al reduccionismo que de su complejidad social se ha hecho, dándole sólo importancia a la igualdad formal e invisibilizando las diferencias que presenta la diversidad de intereses y necesidades de los sujetos en las sociedades actuales. Es por esto que resulta necesario incorporar el valor de la diferencia en la cultura jurídica.
Nos dice de entrada, citando a C. Lonzi, que “la igualdad entre los sexos es el ropaje con el que se disfraza hoy la inferioridad de la mujer”. Y aclara por qué ciudadanía e individuo habían sido conceptos rechazados por ser ideas básicamente masculinas y patriarcales. Al respecto menciona que los ciudadanos eran tales al margen de sus diferencias: “es más, sólo aquellos que pueden evitar la interferencia de las diferencias y de las particularidades son verdaderos ciudadanos”.
Reivindicar la diferencia
Si el derecho es un instrumento de cohesión social que configura principios, valores y relaciones, y tiene el alcance de determinarnos individual y socialmente, es importante considerarlo al hablar de la construcción de las identidades individuales y sociales, pues el derecho debería cobijar las ideas de la igualdad y la diferencia.
Es decir, las sociedades son diversas y plurales, y cada grupo e individuo debería tener garantizados sus derechos en tanto diferentes. Esa es la verdadera igualdad que no aparece en la concepción imperante de las leyes, pues disfraza la igualdad bajo el velo de naturaleza como regla.
Equiparar la igualdad con homogenizar, es decir eliminar a los diferentes, es posible en sociedades que reducen la igualdad a niveles formales y abstractos para así ocultar las diferencias reales.
Para Ana Rubio reivindicar la diferencia es pieza clave en la concepción de la igualdad real y en la construcción de la ciudadanía. Explica que “la diferencia no se opone al establecimiento de una determinada igualdad, a la existencia de reglas para todos, indispensables para la vida en sociedad”; sino más bien al impedimento del desarrollo de lo diferente, de la capacidad de decisión incluso de la propia existencia, y de “construir en libertad una identidad donde todas las relaciones humanas tengan cabida en su formación”.
La ciudadanía en construcción
Coincido con la autora en que la igualdad implica a la diferencia y viceversa. Una coexiste con la otra y ambas son fundamentales en la construcción de la ciudadanía, en los ámbitos políticos de la democracia y la participación.
Herederas y herederos de modelos jurídicos tendientes a ignorar y/o desvalorizar las diferencias en nombre de la igualdad, debemos aplicar nuestros esfuerzos a otros modelos que consigan la integración de las diferencias clave de las identidades individuales y colectivas y aseguren las garantías en el ejercicio de los derechos de cada grupo y cada persona. Se trata de reconocer la diversidad, para que ésta no se constituya en factor de desigualdad:
“…Aun cuando todas las personas sean iguales en la titularidad de los derechos fundamentales, al mismo tiempo todas son diferentes entre sí por razón de sexo, de religión, de raza, de edad, de ideología política, etc., sin que ello suponga desigualdad”, explica Rubio.
Aun hoy en día la ciudadanía ha dado lugar a derechos individuales, políticos y sociales, pero no ha sido suficiente para que todos los grupos sociales alcancen un nivel de vida digno.
Negar la diversidad (de género, sexual, étnica, cultural, política, etc.) es negarnos a cada una, a cada uno; es vulnerar el principio de igualdad, pues esas diferencias son constitutivas de la identidad. Por ello es que si la diferencia sexual es ignorada o desvalorizada, la igualdad pierde su sustento.
La ciudadanía real está en función de garantizar que los procesos político-jurídicos permitan las condiciones de expresión y participación de cada persona y grupo. Siguiendo a la autora, es indispensable “armonizar el derecho igual con la identidad diferente”; la “igualdad como norma y la diferencia como hecho”.
De esta forma, el que las mujeres tengamos en las leyes un derecho político a, por ejemplo, votar y ser votada, no garantiza que en el ámbito de los hechos se aplique. Y esto está relacionado con los modelos jurídicos heredados, pero también con el ámbito de lo simbólico.
Para explicar esto Ana Rubio toca las relaciones rousseauneanas construidas entre hombres y mujeres, y que aun en pleno siglo XXI continúan pesando en la vida cotidiana y jurídica de las sociedades.
Construidas las mujeres para ser eternas “Sofías”, y los hombres eternos “Emilios”, la ciudadanía es un derecho y casi obligación sólo para los hombres, pues a las mujeres sólo les compete el ser madres y esposas, ya que “la naturaleza ha privado a la mujer de capacidad de decidir, bastándole el hábito de la obediencia”.
Del poder-sexo
Desde Rousseau hasta la fecha, el binomio poder-sexo trabaja en que la diferencia entre hombres y mujeres es fundamento “a la falta de individualidad, de ciudadanía, en última instancia, de las mujeres”.
Por ello es que hoy más que nunca tenemos que apuntalar nuestra ciudadanía y lo que ello implica: impulsar el cambio en las relaciones humanas y ser capaces de incidir en espacios de toma de decisiones; capaces de elaborar un proyecto que articule nuestras demandas más específicas con otras más generales de justicia social y democracia.
La construcción de un mundo privado disociado de uno público ha fortalecido los dos mundos donde los hombres tienen autoridad absoluta y las mujeres son privadas de la capacidad de pensar y decidir, y por lo tanto de poder y autoridad.
“Superar estar relaciones de poder exige construir la subjetividad negada, otorgarnos las mujeres autoridad, para desde ella desestructurar y construir una verdadera subjetividad universal y un proyecto social para todas y todos”, dice Rubio.
Pero necesitamos, primero, vernos como mujeres en la diversidad, pues hay muchas formas de ser mujer; después construir un proceso de independencia que tienda a la autonomía, y conciencia política para construir nuestra ciudadanía.
La construcción de la ciudadanía es la construcción de derechos, y necesariamente pasa por nuestro cuerpo, pues si no los ejercemos difícilmente podremos proyectarlos y defenderlos. Es urgente y necesario, como bien señala la autora, estar presentes donde se toman las decisiones, “donde se determina el presente y se construye el futuro”.
En pos de una nueva subjetividad
En persecución de esta ciudadanía, Ana Rubio nos ofrece algunos factores a considerar. Uno de ellos es que las mujeres como tales somos una fuente necesaria de existencia social del poder.
Alejadas del ser madres y esposas como roles fundamentales del ser mujer, podremos en realidad ser mujeres y con derecho al poder y la autoridad. “Desoir” las leyes de “la naturaleza” no debe ser más ya augurio de trágico destino, sino impulso para construir una auténtica subjetividad para todas las mujeres.
En México, por poner un ejemplo, pocas mujeres se han enfrentado al gigante del sistema político mexicano para incidir en propuestas y mantenerlas. Pero la defensa de propuestas y agendas en favor de los derechos de las mujeres requiere de mujeres con autoridad.
Por ello es que urge una formación de mujeres que sepan pactar y negociar; ciudadanas activas que estén listas a denunciar cuando sus derechos sean violentados. Sujetos activos, que hablan y deciden. Como dice la autora, “estar en lo ‘público’ significa dos cosas: estar presentes en los centros de decisión y decidir, y –algo aún más importante- ser públicas, ser vistas, ser conocidas por el público, ofrecer, en pocas palabras, una imagen de normalidad”.
También requerimos una praxis colectiva distinta, que dé como resultado otras subjetividades más solidarias, así como, partiendo de una política como práctica masculina, reivindicarla como algo propio y necesario. La práctica política feminista debe ser capaz de afrontar los planos biológico-sexual, ideológico, inconsciente, económico, social, cultural, educativo, etc.
Las mujeres debemos seguir pugnando por una ciudadanía universal y participativa que tenga como fundamento el reconocimiento de la diferencia sexual, de modo tal que “las mujeres, para ser ciudadanas plenas, no tengan que intentar ser pálidos reflejos de los hombres”, advierte Rubio citando a Carole Pateman.
Otro factor a considerar es la comprensión de que la incorporación al trabajo y la cultura no otorga per se a las mujeres instrumentos suficientes para superar la subordinación, ya que su identidad está ligada no al desarrollo del intelecto o la independencia económica, sino a sus roles de madre y esposa. Ayuda en gran medida incorporarse a otros ámbitos de trabajo y desarrollo, pero nunca será suficiente hasta que se despojen de la herencia rousseauneana.
También nos indica que las mujeres debemos hacer política pero haciendo que ésta se transforme, a partir de una nueva subjetividad femenina, y ésta comenzaría por modificar la idea de lo público y lo privado. A medida de que vaya construyéndose una identidad y saber femenino, dice Rubio, la nueva política irá tomando forma y contenido.
Un factor más es el aprovechamiento de los espacios y tiempos en que nos movemos y transitamos, dado que son fuente de aprendizaje y desarrollo. Redefinir el valor y uso del tiempo y del espacio, desde el personal hasta el colectivo, conlleva el reto de extender el principio de la igualdad al espacio privado y reinterpretarlo en el público, y proponer al tiempo “como un recurso para todas las ciudadanas en el ejercicio de sus derechos”.
Hacia la paz
Finalmente, Ana Rubio nos deja entender, a través de su obra, que el feminismo ha brindado grandes aportes al discurso de la paz, entendiendo a ésta como la búsqueda de la no-violencia en cualquiera de sus manifestaciones, directa o estructural, y no sólo a la bélica.
Esta búsqueda se basa en la construcción de un nuevo modelo de sujeto que encuentre su real desarrollo en armonía con los otros sujetos. Este cambio de paradigma implica que los sujetos dejen de ser cosificados y transformados en enemigos a vencer, para ser “rostros” con “necesidades”, y aliados.
La aportación del feminismo al discurso de la paz permite desenmascarar el individualismo burgués, para dar paso a la construcción de un yo “que se desarrolla y enriquece en la pluralidad y diferencias de los otros”, advierte Rubio.
No hay “cosas” por poseer, sino rostros con los cuales interrelacionarnos en la identidad y en la diferencia. Y cuando las diferencias fundamentales no se respetan ni son reconocidas, o son valoradas como negativas o anormales, se somete a los individuos a la violencia.
Termino citando a la autora: “Únicamente seremos iguales si se nos permite mostrar nuestras diferencias, de lo contrario sólo serán libres e iguales quienes deciden y participan en la configuración del modelo adecuándolo a sus necesidades y exigencias”.
La autonomía y la libertad de las mujeres sólo se logrará “introduciendo un lleno allí donde sólo hay vacío, introduciendo voz allí donde sólo hay silencio”. Y añado: Únicamente seremos iguales hasta que dejemos de ser las Sofías que claman los Emilios del siglo XXI.
En aquel día dijo el Señor a Eva:Por Guadalupe López García
Periodista con Especialización en Estudios de la Mujer por el PIEM de El Colegio de México, se ha desempeñado como guionista y productora de radio; colaboradora, editora y coordinadora editorial en diversos medios como el IMER y la SEP, La Jornada, El Día, Uno más uno, Fem y Notimex. Fue jefa del Área de Construcción de Cultura Ciudadana del Centro Integral de Apoyo a la Mujer “Esperanza Brito de Martí” en Venustiano Carranza (ahora Unidad Delegacional Inmujeres-DF y coordinadora de la Unidad Delegacional de Iztacalco del Instituto de las Mujeres del D.F. (Inmujeres-DF), hasta este año. Ha recibido reconocimientos a su labor periodística y en defensa de los derechos de las mujeres por parte de la AMMPE, Conmujer, Cimac y la delegacion Iztacalco del DF. Sufrir me tocó a mí en esta vida/llorar es mi destino hasta el morir/
no importa que la gente me critique/Si así lo quiere Dios/yo tengo que
cumplir.
“Sufrir”, Los Solitarios.
Esta letra, que deja chico a cualquier postulado filosófico, sigue vigente. Pese a que es una canción de hace décadas, considerada como “balada romántica”, se sigue tocando en la radio y vendiendo en discos compactos piratas.
El sufrir es un sentimiento, una emoción, un estado de ánimo que se asocia al dolor y la tristeza, y también puede ser una depresión, pero su fundamento filosófico se ubica en la religión, diría que casi en todas las religiones:
"Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor"
(Génesis 3:16).
Dijo Dios al hombre:
"Con penosos trabajos comerás de la
tierra todos los días de tu vida" (Génesis 3:17).
Si no quieres sufrir no ames,
pero si no amas ¿para qué quieres vivir?
San Agustín.
Bueno, al menos eso dice el Internet; porque a la hora de buscar información sobre el tema (sufrimiento humano) aparecieron puras páginas espirituales, y casi poca reflexión filosófica (laica, por supuesto). Desde hace miles de años se nos ha impuesto esa cultura: vivir para sufrir y sufrir para vivir. Si no hay sufrimiento, como que las cosas no saben. Nos tienen que costar lágrimas y si se puede, sangre.Ya sea para “ganarse” una casa, un trabajo, un amor, un coche o el paraíso.
A pesar de que ya tenemos el programa televisivo y el periódico religiosos: “Pare de sufrir”, parece que nos siguen diciendo: “¡siga sufriendo!”, “¡goce su dolor!”, “¡retuérzase, presuma, gánele a la de enfrente!”; “¡sólo Dios sabe la cruz que estoy cargando!”; “lo que yo sufro no se lo deseo a nadie”; “no importa cuanto sufra si él (o ella) es feliz”; “el sacrificio que yo hago es por el bien de mis hijas (o hijos)”. A este mundo se viene a llorar y a las “heridas del corazón” hay que echarles limón para que ardan más.
Pero no todos sufren igual: los hombres por el alimento y las mujeres por las hijas e hijos. Bueno, eso dice el génesis… y los partidos políticos (ahora en tiempos de elecciones), la familia, la escuela, los medios de comunicación… y las telenovelas mexicanas.
Los análisis feministas se han referido en múltiples ocasiones sobre ese producto de exportación. Han exhibido el manejo de la imagen de las mujeres: sufrida y abnegada, y del hombre: macho y ahora metrosexual. Los mismos roles, aunque con nuevos estereotipos.
Las y los personajes son remasterizados, revestidos, modernizados y actualizados a las nuevas tendencias de la moda (en los peinados llevan un gran atraso). No se habla de Cenicienta, pero sí de Floricienta o de Lola. Ya no aparece la madrastra malvada, pero sale la cantante Lucero matando gente; y el príncipe azul fue sustituido por Eduardo Yáñez (lo que no cambió fue el caballo).
En décadas pasadas fueron blanco de denuncia; aunque ahora ya se habla muy poco de ellas, pues tal vez el análisis está saturado y siempre es el mismo resultado; o porque ya hay otros programas con otros enfoques –mezclados entre lo misógino y lo que pudiera considerase un falso feminismo al mostrar a otros estereotipos de mujeres-- como las series Esposas Desesperadas (EEUU) o Mujeres asesinas (México).
En agosto pasado, el Consejo Ciudadano por la Equidad de Género en los Medios de Comunicación presentó un estudio sobre la telenovela Fuego en la sangre, protagonizada por Adela Noriega (Blanca Nieves), Eduardo Yáñez (El príncipe azul), Diana Bracho (la madrastra), y Nora Salinas y Elizabeth Alvarez (las hermanastras, aunque las tres se llevaban bien), la cual tuvo un gran éxito.
El estudio indicaba que esa serie promovía la violencia de género y violaba tratados internacionales y leyes nacionales en la materia. Por su éxito televisivo y económico, desde el feminismo debemos regresar las páginas y re-mirar las telenovelas, monopolio que era exclusivo de televisa, pero al que ya se sumó Televisión Azteca con producciones propias.
Pensábamos que con la telenovela colombiana Café con Aroma de Mujer, con Tieta o con Mirada de Mujer; si bien no cambiaron mucho las imágenes de las mujeres, al menos ofrecían una alternativa a Rosa Salvaje o María Mercedes, pero no. Las producciones actuales regresaron a los mismos modelos.
Lo que me llama la atención es que el sufrimiento para ambos sexos, pero en especial el de las mujeres, se maneja al extremo. El año pasado se transmitió Juro que te amo, con Patricia Navidad. Era una mujer que vivía violencia familiar, pero se la pasaba en sufrir y callar. También aparecieron otras mujeres que podrían ser catalogadas como neuróticas, envidiosas, vengativas y asesinas.
Las malas contra las buenas, no hay personajes terrenales, con defectos y virtudes. Las buenas son vistas como ingenuas, desinformadas y sin ejercicio de sus derechos; mientras que las malas son sicóticas que merecen la muerte, la cárcel o el manicomio.
Pero todas sufren. Buenas, malas, feas, bonitas y personajes secundarios. Lágrimas al por mayor. Verónica Castro, Lucía Méndez y un sinnúmero de actrices hay sido sustituidas por otras más jóvenes, con vestimentas modernas, pero igual de sufridoras. La que de plano me llama la atención es Adela Noriega, quizá la sucesora de Marga López, y ahora otras rebeldes como Dulce y Anahí (las del grupo musical RBD) cuyo sufrimiento se adaptó a las “necesidades” de las y los jóvenes juniors.
Hagan este ejercicio: pongan el canal 2 en los horarios telenoveleros (tarde y noche), vean un rato las escenas y fíjense en las lágrimas, los rostros compungidos o llenos de odio. No se esperen a los comerciales. Luego váyanse al canal 13 y si tienen cable, pues ya tienen más ejemplos.
Cuando lo hice algunas veces, pensando en que el resultado cambiaría, me quedé sorprendida. No pensé que en este mundo se pudiera sufrir tanto por un hombre que no nos quiere, que ya es casado, que se va por años y luego regresa y que es padre de un hijo, pero que luego se casa con otra y no sé que más.
¿Quién parará el sufrimiento de ver telenovelas mexicanas si he comprobado científicamente que la opción no es cambiar de canal? ¡Apagarla! Menos, pues eso nos recordaría otro tipo de sufrimientos causado por las guerras, la pobreza o la violencia; pese a que se haga –dentro de la trama- promociones a los programas de gobierno o a una religión.Sufrir llorando es humano; sufrir callando es heroico; sufrir sonriendo es
.
glorioso.
Fulton Richo.
Tu sufrimiento es el hijo con que
tejes tu felicidad. Si nunca sufres, nunca serás feliz.
Henri de Lubac
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